Cuando llegue la luz (o seguir a las luciérnagas)

Actualizado: 17 may 2019

Por Manuel Vásquez-Ortega

Como acuerdo ancestral irrevocable, las historias sobre apariciones, espectros y fantasmas se han adherido a las sombras para crear así la certeza de que en ellas se deposita no más que desesperanza, sustantivo que impera -ahora más que nunca- en el país del gerundio eterno, tras la serie de apagones nacionales continuos desde el pasado mes de marzo. Desde siempre, los miedos han pertenecido a la oscuridad como las alegrías a la luz, la bondad al día, los demonios a la noche. Sin embargo, más allá de los temores presentes en el imaginario nocturno, la oscuridad es también una idea asociada a la ausencia, la totalidad de la nada y el vacío, sobre la cual, tras cerrar los ojos se amplía inconmensurablemente un escenario de posibilidades que dan lugar a la imaginación, “esa capacidad de producir y descifrar imágenes, de codificar fenómenos en símbolos bidimensionales y decodificarlos posteriormente”.

En la oscuridad reflexionamos, imaginamos. En ella el pasado y el futuro se entremezclan para -en muchos casos- recordar, superponer imágenes y (a pesar de sus diferencias) elaborar otras tantas. Tal es el caso de la obra Viajero 1 (2003), de Julia Zurilla, en la cual la autora materializa una imagen de realidades opuestas a partir de una toma fija de video del Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui. La oscuridad del acto es interrumpida por las luces producidas por los procesos industriales y el paso de fugaces automóviles, mientras aparece, a manera de subtítulos, una conversación entre un arraigado personaje y un viajero: “Al hombre que muere en tierra extraña se le separan el cuerpo y el alma. (…) El cuerpo queda allí donde lo entierran y el alma vaga errante por el espacio, sin decidirse nunca entre el cielo y el infierno”, dice el Dueño de la Casa, en un diálogo entre tradición y progreso en medio de la hibridez del paisaje noctámbulo.



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